lunes, 16 de junio de 2014

CAPITULO XIX

El «Apóstol» es el nombre que lleva el que vive una Doctrina, la practica y la enseña.

Apóstol es el principio etimológico de una Palabra santificante y de una Doctrina que, por su pureza, transforma a la persona y a las personas dotándolas de conocimientos objetivos de sí mismo, del Cosmos y del Infinito.

Como persona, predica la Palabra del Redentor y practica su Doctrina, dando testimonio de una transformación mental, psicológica y emo-cional. Es aquella persona que se niega a sí mismo para servir al Cristo.

Quien se niega a sí mismo. es aquel que renuncia a lo que ha sido y a lo que es; es decir, comprende que su mundo, su cuerpo y su mente están controlados por fuerzas de un mundo exterior que le condicionan a que viva de tal forma.

Quien se niega a sí mismo, debe comprender de fondo que el que sigue dirigiendo todos los eventos de su vida, es su Cristo Intimo; aquel Ser que está más allá del bien y del mal; más allá de los afectos.

Por lo tanto, las inclinaciones, meramente humanas, de nuestros sentimientos terrenales, deben declinar ante la Obra que nuestro Cristo empieza a realizar como testimonio de que la Obra del Padre se está realizando en la persona que vive y practica esta Doctrina.

El Apóstol aprende para enseñar; enseña para aprender; cuida la Vida para vivir; da Amor para recibir Amor; deja de pensar para sentir; guarda silencio para oír; camina para descansar, descansa para caminar; mira al Sol para pedir ayuda; mira la Tierra para andar; siente al Cristo para conocer al Padre.

Le pide al Padre que le enseñe a conocer al Hijo.

Encuentra a su Madre en sus sentimientos.

Encuentra al Cristo en el Amor.

Encuentra al Padre en su Sabiduría; ve en la Humanidad la expresión de Dios.

Ve en Dios su Pueblo; mira en el Altar un drama; calma su sed con la Transubstanciación.


Calma el hambre con el Pan de la Sabiduría.

Ora para conversar con Dios, medita para estar con Dios.

Ve en la Naturaleza a su Madre; ve en el espacio la profundidad de Dios.

Mira el silencio de las noches como la reflexión; ve la luz del día como la Oración que fecunda en el corazón de los hombres, es decir, es el hombre que ama la nada; busca la nada porque sabe que Dios es la Nada y busca la Nada para llenarla, ya que es sabido de todos que el mundo de las formas es limitado, es finito, es decir, allí no está todo.

Allí nos forjamos como humanos, como hombres, buscando, algún día, dar el gran salto hacia el Infinito Espacio.